Opinión

2009-11-11
El destape de las 'ollas'

Por más que se sospeche de cómo es el monstruo, no deja de espantar cuando se le ve la cara. Ya se sabía del enorme y sórdido negocio de las drogas ilícitas en las llamadas 'ollas' de Bogotá. Pero el completo informe que presentó este diario el domingo pasado, y luego el canal Citytv el lunes, revela un pulpo de mil tentáculos que se ha tomado a la capital del país. No es un flagelo exclusivo de la ciudad. Otras grandes urbes de Colombia y del mundo lo sufren, pero ese es un triste consuelo.

Las 'ollas' son un negocio criminal bien organizado que, a pesar de llevar el nombre de 'microtráfico', involucra sumas enormes. Los cálculos de la Policía indican que las 458 detectadas mueven unos 5.900 millones de pesos en solo una semana, a lo largo y ancho de la ciudad. El mapa no respeta estrato ni localidad. Desde Usaquén hasta Usme; desde las calles de Chapinero hasta las barriadas de Bosa, existen los comercios del crimen.

No hay barrio bogotano que no tenga un punto de venta de droga donde la Policía no haya capturado al menos a uno de los 5.581 detenidos durante el 2009. En este mismo período, las autoridades incautaron poco más de 4,1 millones de gramos de las más variadas sustancias: marihuana, bazuco, cocaína, pastillas de éxtasis y hasta base de coca.

En cifras gruesas, el mercado al menudeo, una estrategia usada por los grandes capos del narcotráfico para copar la demanda doméstica, alcanza unos 300.000 millones de pesos al año. Estas redes han estimulado el consumo interno de droga mediante subsidios de precios, promoción de los 'jíbaros' e instalación de las 'ollas'. Vender estupefacientes en cantidades que no sobrepasen la dosis mínima se ha vuelto, según la Policía -que ha creado un cuerpo especializado con 266 hombres para luchar contra este delito- la caja menor de cuatro capos que se pelean las zonas. Todo micro, aunque el daño es macro.

Para ser justos, la Policía y, especialmente, la Sijín están haciendo grandes esfuerzos. El número de arrestados a la fecha es de 1.862 más que en todo el año pasado. Sin embargo, el negocio crece, con lo cual el reto es mayor.

La misión, entonces, es evitar que siga aumentando el consumo de droga entre niños, jóvenes y adultos, en un país en el que, de acuerdo con el Consejo Nacional de Estupefacientes, unas 360.000 personas han manifestado ser adictas. Según la más reciente Encuesta de Consumo del Ministerio de la Protección Social, Bogotá es la tercera región del país con más alta prevalencia de uso de cualquier estupefaciente en el último año.

Además del daño individual que alimentan en cada adicto, las 'ollas' constituyen un flagrante deterioro para la calidad de vida de la capital y la del resto del país. En la encuesta del programa 'Bogotá, cómo vamos', el 38 por ciento de los capitalinos identificó la venta de droga como el segundo problema más grave de seguridad después del robo callejero. Como un virus letal en expansión, estos expendios ilegales colonizan un área pequeña -una casa, un parque o un lote baldío- y desatan a su alrededor una gama variada de actividades delictivas, como el hurto, el sicariato, el homicidio, la prostitución y el abuso de menores de edad. Y así los habitantes de cientos de barrios de Bogotá quedan presos de esos minirregímenes de crimen y miedo.

La batalla contra las 'ollas' no es una tarea fácil, pero es inaplazable. Ya figura en los planes del presidente Álvaro Uribe, quien en el pasado consejo comunal habló de la importancia de capturar a los distribuidores de las pequeñas dosis. Inteligencia, valor civil y denuncia ciudadana son fundamentales, con las debidas garantías de las autoridades. El microtráfico y la violencia asociada a este son retos de la política de seguridad democrática en la capital y en el resto de ciudades de Colombia.  

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